Policías atienden llamado y hallan a anciana con el brazo roto que no había comido en días – Historia del día

Una anciana llama al departamento de policía local con una solicitud inusual y dos amables funcionarios acuden en su ayuda.

Cuando sonó el teléfono en la estación de policía ese día, nadie imaginó que recibirían una peculiar llamada de ayuda. La mayoría son para informar delitos o emergencias, pero esta era mucho más simple y a la vez complicada.

“Hola”, dijo una voz temblorosa al otro lado de la línea. “Me pregunto si me pueden ayudar. No puedo salir de casa, y no he comido en tres días”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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El despachador horrorizado pidió el nombre y la dirección de la persona que llamaba e inmediatamente envió una unidad al lugar. La patrulla más cercana a la dirección en ese momento estaba a cargo de los oficiales Luis y Benjamín.

El despachador explicó que se trataba de un control de bienestar de una mujer que había afirmado no poder salir de su casa y que estaba muriendo de hambre. En cuestión de minutos, los dos oficiales llegaron.

Para su sorpresa, la dirección los llevó a una hermosa casa con un hermoso jardín en un prestigioso vecindario. No es lo que esperarías de alguien que dijo que se estaba muriendo de hambre.

Los dos agentes se acercaron a la casa y tocaron el timbre. Después de un largo rato, escucharon pasos lentos y la puerta se abrió. Una anciana diminuta estaba aferrada a la puerta, temblando.

“Buenas tardes, señora”, dijo Luis gentilmente. “Recibimos un pedido de ayuda de la Sra. Hilda. ¿Es usted?”.

“Sí”, susurró la mujer. “Por favor entren”. Los dos agentes siguieron a la mujer al interior de la casa y notaron que su brazo izquierdo estaba toscamente vendado y en un cabestrillo improvisado.

La anciana los condujo al salón y los invitó a sentarse. “Señora Hilda”, dijo Benjamín. “Señora, ¿está herida?”.

La mujer mayor se sonrojó. “Sí”, susurró. “Me caí de la escalera en el porche trasero. Estaba recortando unas flores”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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“Ya veo”, dijo Luis. “¿Y estaba sola?”.

La Sra. Hilda asintió. “Mi hijo vive conmigo, pero está de viaje de negocios y no regresará hasta dentro de dos semanas”.

“Señora, ¿ha visto a un médico?”, preguntó el oficial Benjamín.

“Oh, no”, dijo la Sra. Hilda. “¡Es solo un esguince doloroso! El problema es que me duele tanto que apenas puedo caminar y hace dos días me quedé sin comida”.

“¿No ha comido en dos días?”, consultó sorprendido Luis. “¿Qué hay de tus vecinos?”.

Hilda negó con la cabeza. “Nos mudamos hace unos meses y no conozco a nadie. No puedo caminar a la tienda, me duele mucho. No le dije a mi hijo porque acaba de comenzar este nuevo trabajo y no quiero preocuparlo”.

La anciana no quería alarmar a su hijo, pero terminó poniendo su vida en peligro. “Señora”, comunicó Luis, “vamos a llamar a una ambulancia para llevarla al hospital”.

“¡No!”, gritó la mujer mayor, con lágrimas en los ojos. “¡Por favor, no hagas eso! Le he tenido miedo a las ambulancias desde que falleció mi esposo. Murió en una. ¡Por favor!”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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Los oficiales se miraron. “Bueno, señora, no es el procedimiento, pero ¿qué tal si la llevamos nosotros mismos al hospital?”.

“Pero todo lo que necesito es algo de comida”, dijo Hilda. “Y tengo dinero”.

“Venga, señora”, dijo Benjamín. “Solo le haremos revisar y luego la llevaremos de compras, ¿de acuerdo?”.

Después de tranquilizarse, Hilda permitió que los oficiales la acomodaran en el asiento trasero de la patrulla. Minutos después estaban en el hospital local y los oficiales explicaban la situación de la anciana.

El médico de la sala de emergencias examinó el hombro de Hilda y pidió una radiografía. “Es solo un esguince”, protestó, pero el médico negó con la cabeza y pareció preocupado.

“Señora”, dijo el médico, “sé que tiene hambre, pero le voy a pedir que espere un poco más hasta que vea sus radiografías”.

El doctor tenía razón. La mujer mayor tenía una fractura severa en su brazo y en su hombro, y terminó siendo trasladada para una cirugía de emergencia. Los dos agentes que habían salido de servicio regresaron al hospital unas horas más tarde.

El médico les dijo que la cirugía de la señora había salido bien y que estaba descansando cómodamente. “Tenía mucha hambre”, dijo Luis. “¿Comió?”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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El doctor negó con la cabeza. “Todavía no debido a la anestesia, pero tiene una vía intravenosa. Cuando se despierte, la alimentaremos”.

Los dos oficiales llamaron al hijo de Hilda y le explicaron la situación. El hombre estaba muy preocupado. Explicó que estaba en Alaska y a tres días del aeropuerto más cercano, pero los oficiales le aseguraron que estarían cuidando muy bien de su madre.

Cuando la anciana se despertó, los oficiales Luis y Benjamín estaban sentados junto a su cama. “¡Oh!”, susurró. “¿Siguen aquí?”.

“Sí”, dijo Luis, “y estaremos aquí hasta que llegue su hijo. Está en camino y muy preocupado por usted”.

Hilda negó con la cabeza. “Me va a regañar”.

“Bueno”, dijo Benajmín sonriendo, “¡nosotros la protegeremos! Ahora, la enfermera dijo que puede tomar un poco de sopa si le apetece”.

Durante los siguientes tres días, los dos oficiales se convirtieron en un espectáculo familiar en la sala del hospital. Se turnaban para visitar a la señora por las noches y le llevaban golosinas y flores. Su salud mejoró y se hizo más fuerte. Cuando llegó su hijo, estaba lista para ser dada de alta.

“Mamá”, gritó su hijo. “¡No creo que pueda perdonarme por dejarte solo!”.

“No estaba sola, David”, dijo su madre. “Luis y Benjamín me han visitado dos veces al día todos los días”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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“¿Luis y Benjamín?”, preguntó David desconcertado. “¿Quiénes son? ¿Vecinos?”.

“Son los agentes de policía que respondieron a mi llamada de ayuda”, dijo la Sra. Hilda. “Se han convertido en queridos amigos”.

Esa noche, David se reunió con los dos agentes de policía por primera vez. “Gracias”, dijo con lágrimas en los ojos. “Salvaron la vida de mi madre y me han apoyado mucho. ¡Gracias!”.

“Está bien, señor”, dijo Luis. “Forma parte de nuestro trabajo diario”.

Por su parte, Benjamín expresó: “Simplemente hicimos nuestro trabajo, sirviendo y protegiendo a la comunidad. Además, sabemos lo tercas que pueden ser las madres… Así que la vigilamos para evitar que se metiera en problemas”.

Hilda fue dada de alta del hospital y pronto se recuperó. Los oficiales Luis y Benjamín se convirtieron en visitantes frecuentes y grandes amigos de la familia.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

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¿Qué podemos aprender de esta historia?

  • Si tiene problemas, pida ayuda: La Sra. Rodríguez no quería preocupar a su hijo, por lo que terminó poniendo su vida en peligro.
  • La policía está ahí para servir y proteger: Se debe llamar a los agentes de policía siempre que necesitemos ayuda, y no solo cuando hemos sido víctimas de un delito.

Comparte esta historia con tus amigos. Podría alegrarles el día e inspirarlos.

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