Dueño de restaurante descubre que limpiadora guarda en secreto las sobras de las mesas para alimentar a sus hijos – Historia del día

Gregorio Zapata era el orgulloso propietario de uno de los restaurantes más prestigiosos y famosos de Miami, Pescado Capital. Él había heredado el restaurante de su padre, quien a su vez lo había heredado de su abuelo.

A pesar de que Gregorio tenía un gerente sumamente eficiente, vigilaba de cerca su restaurante. Con frecuencia llegaba en horas extrañas cuando el personal menos lo esperaba, y así fue como descubrió que Consuelo Ruiz estaba robando.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Unsplash

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Unsplash

La cocina suele cerrar a las 10:30 de la noche y es entonces cuando el personal de limpieza se hace cargo. El chef y sus asistentes se van a casa a su merecido descanso después de dejar impecables sus puestos de trabajo.

Un equipo de tres personas lava los vasos, platos y cubiertos sucios, y luego los colocan en un enorme lavavajillas industrial. Cuando el personal entra al día siguiente, encuentra todo impecable.

Un día, Gregorio llegó a la 1:00 am y se paseó por la cocina y se dirigió hacia la parte de atrás para revisar su amada colección de vinos, por la que Pescado Capital era famosa.

Al pasar, notó que una de las mujeres que limpiaba estaba guardando los restos de un filete en una bolsa de plástico que había atado a su cintura, debajo del delantal. Cuando terminó, enjuagó cuidadosamente el plato y lo puso en el lavavajillas.

Cogió el siguiente plato e hizo lo mismo. Esta vez, las sobras eran una porción casi intacta de pollo frito. Gregorio se detuvo y miró. La mujer parecía tener unos cuarenta y tantos años y su rostro estaba delgado y demacrado.

Mientras trabajaba, tarareaba suavemente una canción. “¡Ruiz!”, gritó el gerente, Daniel Guerra. Gregorio se sorprendió al escuchar su tono de voz. “Cierra la boca y deja de robar. ¡Me quiero ir!”.

La mujer se sonrojó, bajó la cabeza y cerró la puerta del lavavajillas, vertió el detergente y puso a andar la enorme máquina de acero. Luego corrió al vestuario, mientras otra mujer comenzaba a limpiar el piso de la cocina.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Pexels

Gregorio, que se había mantenido cuidadosamente fuera de su vista, salió y esperó en la oscuridad junto a la puerta trasera. Pronto salieron las tres limpiadoras, seguidas por el amargado Daniel.

La mujer a la que Daniel había llamado Ruiz se acomodó el abrigo y se apresuró a caminar por un callejón oscuro y estrecho. Gregorio la siguió. Unas tres cuadras después, la mujer abrió una puerta y desapareció en un edificio industrial.

Gregorio frunció el ceño cuando leyó la enorme placa afuera: “CONDENADO”. Eso significaba que esa vieja fábrica era considerada insegura. Entonces ¿qué hacía allí esa mujer?

El Sr. Zapata abrió la puerta y entró. Siguió el sonido de las voces y el brillo de las luces hasta que llegó a lo que una vez debió haber sido una oficina administrativa con paredes de vidrio.

Las paredes estaban intactas y Gregorio podía ver a Ruiz y lo que parecían ser cuatro niños de diferentes edades. Consuelo estaba sacando con cuidado unas bolsas de plástico de su cartera y las estaba colocando sobre una mesa.

Luego sirvió rápidamente los restos de comida en platos y los distribuyó a los niños. ¡Así que Ruiz estaba tomando las sobras de los clientes para dárselas a sus hijos!

Gregorio estaba indignado. ¿Cómo podía estar pasando eso en su hermoso Pescado Capital? Iba a poner fin a esa situación. Se escabulló silenciosamente sin que la mujer ni los niños lo vieran.

Al día siguiente, cuando el personal del restaurante entró para prepararse para la hora de la cena, Gregorio estaba allí. “Guerra”, llamó. “Ven aquí por favor, necesito hablar contigo”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Unsplash

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Unsplash

Guerra siguió a su jefe a la oficina. “Señor Zapata”, dijo Daniel con una sonrisa, “¡Qué agradable sorpresa!”.

“Eso está por verse”, dijo Gregorio con frialdad. “Hay algunas cosas que están sucediendo en el restaurante que desapruebo”.

Daniel frunció el ceño. “Cualquier cosa que le desagrade… por favor, avíseme y lo remediaré de inmediato”.

“Estuve anoche a la hora del cierre y vi a una de las limpiadoras raspar las sobras de los platos y llevárselas a casa, presumiblemente para comer”.

Guerra actuó sorprendido. “¿En serio? No sabía…”

“Sí, sí sabías”, espetó Gregorio. “Te escuché hablar con la mujer”.

“Señor”, se quejó Guerra. “Le aseguro…”

“Di la orden de que los alimentos e ingredientes sobrantes de nuestra cocina fueran entregados al refugio”, dijo Gregorio. “Y lo sabías ¿Y también sabías que uno de nuestros empleados vivía de las sobras de los platos sucios?”

Daniel se aclaró la garganta. “Bueno, sí, ¡pero la detendré! Es esa mujer… ¿Ruiz? La contratamos temporalmente. ¡Es una inmigrante y ya sabe cómo son!”.

“Sí”, dijo Gregorio con frialdad. “Sé cómo son. Desesperados, dispuestos a trabajar por una miseria, a veces hambrientos. Sé cómo son los inmigrantes. Verás, Daniel, mi abuelo también era inmigrante”.

“Señor”, dijo Guerra apenado, “le aseguro…”

“Supongo que le has estado pagando a la Sra. Ruiz una fracción del salario que estimé para su puesto y te has quedado con el resto”, le acusó Gregorio y Daniel se puso rojo como una remolacha.

“Estás despedido. Has estado explotando a estas pobres mujeres desesperadas, obligándolas a alimentar a sus hijos con sobras”, dijo Gregorio furioso. “¡Pero se acabó!”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Unsplash

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Unsplash

Entonces Gregorio llamó a Consuelo Ruiz. “¿Sra. Ruiz?”, le preguntó gentilmente a la mujer de aspecto asustado.

“Sí”, susurró ella.

“Sé que has estado llevando sobras a casa para tus hijos, y estoy aquí para decirte que se acabó”, le dijo Gregorio.

“Por favor, señor”, dijo Consuelo, “no me despida. No tengo a nadie y necesito la comida… El dinero no es suficiente”.

“Lo sé”, dijo Gregorio con cariño. “Es por eso que obtendrás un aumento de salario y un contrato de trabajo”.

Consuelo lo miró fijamente con la boca abierta. “¿Un aumento?”.

“Además”, agregó Gregorio, “mi abuelo compró todo este edificio, y en la parte de atrás hay un pequeño apartamento que hemos estado usando como almacén de artículos secos. He ordenado que lo despejen y lo limpien”.

“Es pequeño, pero mejor que una fábrica abandonada, y tiene electricidad y agua corriente fría y caliente. Usted y sus hijos se mudarán hoy. ¡Y ​​no más sobras, tendrán comida adecuada!”.

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Unsplash

Imagen con fines ilustrativos. | Foto: Unsplash

Consuelo estaba llorando. “¿Por qué está haciendo esto?”, susurró. “¿Por qué nos ayuda?”.

“Porque hace muchos años mi abuelo vino a esta ciudad, a este país, sin nada más que sus sueños, y alguien lo ayudó. Yo estoy haciendo lo mismo por ti”.

“Quizás algún día, usted o uno de sus nietos le echarán una mano a alguien más”, sonrió Gregorio. “Y ese, señora Ruiz, es el verdadero sueño americano”.

¿Qué podemos aprender de esta historia?

  • Está mal explotar la desesperación de quienes intentan construir una vida mejor. El gerente le estaba pagando a Consuelo menos de lo que debía y le estaba robando el resto hasta que George descubrió la verdad.
  • Recuerda tu propio pasado y ayuda a quienes intentan construir un futuro mejor. Aunque era rico, Gregorio recordaba de dónde venía y estaba decidido a ayudar a los demás.

Comparte esta historia con tus amigos. Podría alegrarles el día e inspirarlos.

Related Posts

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *