Mamá primeriza ve a la suegra dar a su bebé alimentos peligrosos y se vuelve loca – Historia del día

Tuve a mi primera hija, Leticia, a los 37; podría decirse que arranqué un poco tarde. Siempre fui una mujer competente y eficiente, y ya para esta altura experimentada, pero ahí había algo en lo que era novata al 100 %: la maternidad.

Una bebé. | Foto: Shutterstock

Una bebé. | Foto: Shutterstock

Hice lo mejor que sabía hacer: me leí una parva de libros sobre bebés y sobre pediatría. Tenía mucho cuidado de seguir las recomendaciones de los profesionales, así que algo que vi hacer a mi suegra me horrorizó.

Era domingo y Juan y yo estábamos de visita en casa de Estela, mi suegra. En un momento, Leti se puso súper incómoda y no paraba de llorar. Hice de todo: le di el pecho, le cambié el pañal, la alcé, la mecí… Nada parecía funcionar.

Ni siquiera quería el chupete. Después de un rato, Estela intervino: “Pásamela, tuve cinco hijos y sé calmar un bebé”.

Alzó a Leti, y tomó el chupete. Entonces, sin darme ni tiempo a reaccionar, mojó el chupete con una cucharada de miel y se lo dio.

“¡No, pero qué hace!”, dije. “¡El pediatra dice que no se le puede dar miel, es peligroso!”

Estela se rió. “Sí, claro… Estos médicos dicen cualquier cosa. Mira, cariño, le di miel a cinco hijos, y mi madre a siete, y no se enfermó ninguno. Tenme fe, que sé lo que estoy haciendo”.

“Páseme a la niña”, dije, enojada. “Que es mi hija y yo decido qué es lo mejor para ella”.

Bebé que llora. | Foto: Pexels

Bebé que llora. | Foto: Pexels

Estela no pareció tomar mi enojo en serio. Siguió meciendo a la niña, que chupaba tranquila el chupete con miel. “Bueno, primor”, le dijo a la bebé. “Mami tiene que aprender a calmarse un poco…”

Eso me terminó de sacar de mis casillas. Le quité a la niña. “Tengo que recordarle que Leticia es mi hija, ¡no la suya!”, le grité.

Bueno, tal vez me extralimité un poco con lo de alzarle la voz, lo admito. Pero Estela empezó a decirme que era una histérica y a sugerir que yo no servía como madre.

Juan, que estaba viendo todo esto, saltó en defensa de su madre. “Vamos, Laura, creo que le debes un pedido de disculpas a mi madre”.

“¿Que yo le debo un pedido de disculpas? ¡Le acaba de dar un alimento peligroso a nuestra hija!”, me indigné.

Juan me miró con la misma cara condescendiente de su madre. “Mi amor, mamá crió cinco hijos, creo que tiene una idea de lo que puede comer un bebé”.

“La miel tiene esporas de clostridium botulinum, ¡puede enfermar seriamente a la bebé!”, protesté.

Miel. | Foto: Unsplash

Miel. | Foto: Unsplash

“Bah, no digas tonterías. Esta miel viene de un productor local. La como yo y la comen cientos de otras personas y nadie está con botulismo que yo sepa”.

“Porque solo afecta a infantes”, expliqué. Tenía ganas de llorar, y nadie parecía escucharme.

Dos días más tarde, Leti estaba llorosa, y muy débil. ¡No podía ni siquiera sostener la cabeza!

La llevamos al hospital. Cuando llegamos allá tenía problemas para respirar. Le diagnosticaron botulismo, y tuvieron que internarla y darle antitoxinas.

Juan estaba muy shockeado y avergonzado. Me di cuenta de que no sabía qué decirme: su madre había puesto la vida de nuestra hija en peligro, ¡y él la había defendido! Yo me senté junto a la cuna de Leah y la miraba dormir mientras él caminaba de un lado al otro del corredor hablando por teléfono.

Podía escuchar que estaba enojado, y en las idas y vueltas pescaba retazos de conversación. “La miel… Te aseguro que… Sí, pero los médicos…”, y luego más enojado: “¡Pero Laura te dijo…!”, “Es TU culpa…”.

Cuando Juan volvió estaba con cara de velorio y en silencio. Me abrazó. Poco después los médicos nos mandaron a casa. Leti pasaría la noche y posiblemente unos días más en el hospital.

Bebé en el hospital. | Foto: Unsplash

Bebé en el hospital. | Foto: Unsplash

No dormimos esa noche. Al día siguiente, nos llevamos una sorpresa desagradable: ahí estaba mi suegra Estela con un hombre alto de aspecto distinguido que examinaba a Leticia.

“¿Qué pasa acá?”, pregunté, con cara de pocos amigos. “¿Qué hace aquí, Estela? Leti no puede recibir visitas”.

“Todos sabemos que estos doctorcitos de hospital no saben nada”, dijo, con arrogancia. “Así que le pedí al Dr. Gadavian que evalúe a Leticia y me diga qué es lo que realmente le pasa”.

No tenía palabras. No podía creer que tuviera el tupé de hacer eso. Pero entonces el Dr. Gadavian habló: “Lo siento, señora Miranda, pero el diagnóstico es correcto. La niña tiene botulismo infantil. ¿Acaso comió miel?”

“¿Miel?”, dijo Estela, y se puso pálida. “Un poquito nada más, en el chupete… Lo hice con todos mis hijos y…”

“Bueno, entonces usted tuvo mucha suerte”, dijo el médico. “Esta bebé está así de enferma por ese ‘poquito nada más’ de miel”.

Estela se volvió hacia mí, y pude ver que se le llenaban los ojos de lágrimas. “Lo siento, lo siento tanto”, dijo, con la voz quebrada. “Laura, tenías razón, ¿podrás perdonarme? ¡Nunca querría hacerle daño a Leti, la adoro!”

Anciana que llora. | Foto: Shutterstock

Anciana que llora. | Foto: Shutterstock

Por supuesto que aceptamos las disculpas de Estela. Días después, Leticia estaba bien. Mi suegra fue mucho más amable conmigo después de eso, y visitarla dejó de ser un calvario.

No es una mujer fácil de tratar y nunca lo será (los hermanos de Juan no la visitan nunca porque tienen sus razones), pero realmente adora a su nieta. Y ahora nunca le da nada sin consultarme antes.

¿Qué podemos aprender de esta historia?

Escucha antes de actuar. Estela creía que sabía más que su nuera así que no quiso escuchar razones que venían de Laura.

Admite tus errores. Estela no quería admitir que había cometido un grave error ni disculparse. Tuvo que ir un especialista para convencerla de que se había equivocado.

Comparte esta historia con tus amigos. Puede alegrarles el día e inspirarlos.

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